El futuro se piensa a mano

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“Para mí el futuro es ancestral”, sentenció Ana Sofía en un momento callado de concentración. No lo dijo a la audiencia, sino mientras le alcanzaba a alguien unos retazos de tela, pero todos la escuchamos. Unos ojos brillaron bajo los anteojos, otras comisuras de los labios se ensancharon casi imperceptiblemente y unos dedos catalizaron el febril bordado, porque esa frase rompió el silencio rítmico que solo provocan el oleaje, un aguacero tropical o la satisfacción de estar creando en colectivo. 

Ana Sofía Ruiz Schmidt es la directora ejecutiva de Laboratorio de Futuros, una iniciativa-empresa-proyecto que durante la primera mitad del mes de octubre diseñó, con la colaboración logística del Centro Cultural de España en Costa Rica, tres talleres donde niñas, niños y personas adultas dialogaran acerca de qué nos preocupa o qué imaginamos del futuro: Taller “Cuentos del Futuro”, Taller “Un libro textil colectivo” y Taller “Decoro mi bolso para reutilizar”.

Las niñas y niños de hoy día suelen aburrirse con demasiada facilidad (muchos adultos también), por lo que, en los talleres de Laboratorio de Futuros, las dinámicas de reflexión y análisis incorporan el elemento lúdico, para añadir otro valor a creaciones concretas, como un texto de fantasía y ciencia ficción, un relato ilustrado con textiles y un bolso dibujado y cosido a mano. 

Día 1

⎯¿Cuándo piensan ustedes en el futuro? 

⎯Nunca⎯, respondió rápidamente Fabiana (6 años de edad), frunciendo los labios y levantando al unísono los pequeños hombros. 

⎯Todos los días⎯, dijo acto seguido y entre labios Oscar (42 años de edad), como si no quisiera ser escuchado.

El futuro es mañana, en una semana, un año, una década, el próximo siglo. Cada participante del taller lo percibe o lo anhela de una manera diferente, producto de sus experiencias, intereses y expectativas. No obstante, afloran temas recurrentes: el acceso a mejores oportunidades, la atención al medio ambiente y el cambio climático, la movilidad eficiente. De la discusión y el aporte de ideas emerge un resultado palpable: deseamos más cosas de las que podemos imaginar.

A partir de sus aspiraciones sobre el futuro, las personas participantes en el taller comenzaron a escribir mini-cuentos como “un cadáver exquisito”; cada quien aportando una o dos oraciones, sin consenso previo, como jugar dominó a través de las palabras. Cada relato colectivo aporta un poco de emoción, otro de ciencia, y sobre todo singularidad en medio de un ecosistema en el que los seres humanos no estamos solos.

Sonó el despertador a las 8:02. Mi tren bala a Liberia sale a las 9:17. Tengo tiempo para una cápsula de Soma y listo. Me puse mi traje espacial ligero, que me permitirá volar para llegar a la estación del tren. Decidí tomar el tren, pero antes de subir tenía que depositar mi botella de hidrógeno en el tanque colectivo. Fue allí, cerca de la puerta de presión, donde encontré a Electra. Tenía un ojo verde y otro azul, hablaba todos los idiomas del mundo y contenía todo el conocimiento sobre el cosmos en su interior. Manejaba las artes oscuras, pero no sus sentimientos.

Sugerentes como textos de Augusto Monterroso, así son los relatos que han sido creados en el Taller “Cuentos del Futuro”; síntesis que tienen personajes y conflictos, pero ¿qué había sucedido con anterioridad?, ¿qué pasaría después? La variedad de interpretaciones, la incertidumbre de lo no dicho, la sensación de que algo falta, es lo que invita a sacudir una vez más la imaginación.

Día 2

⎯¿Cómo desean ustedes que sea el futuro?

⎯¡Queremos que las niñas manden!⎯, gritó Miranda (7 años de edad), quien fue secundada inmediatamente por Antonia y Fabiana dando saltitos. 

⎯¡Sííí! ¡que las niñas manden! ¡que las niñas manden!

La inocencia, la ingenuidad y la candidez de las niñas inunda de voces la habitación, queriendo presagiar sus futuros, sin vislumbrar la necesidad de que verdaderamente sea así cuando ellas o sus hijas crezcan. A juzgar por la situación actual del mundo, que los niños, al crecer, manden, evidentemente no ha dado muy buenos resultados. 

El primer día éramos unos pocos, con mucho entusiasmo, dando ideas a gritos y compitiendo con el repiqueteo de la intensa lluvia de septiembre al rebotar sobre el tejado de aluminio. Ese entusiasmo fue de boca en boca para diseminarse y, siete días después, el Centro Cultural de España “El Farolito” se había colmado de colores, expresiones de asombro y de gente celebrando lo hecho por otros.

Durante la realización del Taller “Un libro textil colectivo” se conectaron muchas personas a coser, dibujar, pegar y bordar el futuro: el infante que aún no ha aprendido a leer, la adulta mayor que no se cansa de pensar en lo que podría acontecer, personas educadoras, artistas, ingenieras, comunicadoras. A partir de lo narrado de manera colectiva en la sesión anterior, pasaron a contar con las manos mediante la transformación de textiles y bisutería. 

El punto de partida de los cuentos había sido imaginar la movilidad y, si bien la mayoría iniciaron o se centraron en la individualidad humana y su necesidad de transportarse de forma rápida, eficiente y limpia, durante la creación de los relatos textiles se fueron sumando migraciones colectivas, la movilidad de la fauna y su evolución a partir de ello, la convivencia sostenible de la humanidad con la naturaleza y no su explotación indiscriminada; ser realmente sostenibles, que significa dejar de pensar en términos de constante crecimiento, sino en términos de equilibrio.

En el futuro, según las creaciones de las personas participantes en el segundo taller, nos moveremos como gusanos; conoceremos alienígenas; compraremos trajes voladores; navegaremos el mundo nuevamente en barcos de vela; habrá elefantes con escamas y branquias que cruzan los océanos y pueblan todos los continentes; existirán los alicornios: corceles alados mágicos, aunque sabemos que la magia también puede provenir de la ciencia.

Parte del futuro igualmente será poder perder la concentración, sabedores de que la productividad también demanda creatividad, y que lo lúdico forma parte de la construcción social. Por eso, quizás, el taller concluyó jugando espontáneamente al elástico; mujeres, hombres, niños y niñas intercambiando recuerdos o creándolos, divirtiéndose y dando ideas con solo tres metros de un tejido estirado. 

Día 3

Kike (5 años de edad) se despierta temprano, porque los sábados debe acompañar a su hermana al club ecuestre, pero esta vez no quiere ir.

⎯¡No quiero ver a los caballos!

⎯Pero Kike, ¿por qué? Te encantan los caballos⎯, le dice su madre, sorprendida.

⎯¡Quiero ir al taller!

⎯¿Cuál taller?

Kike no logra mencionar cómo se llama el taller, ni siquiera recuerda el nombre del edificio donde rayó con crayolas, escogió tela colorida y pegó botones de brillo dorado los dos sábados anteriores, imaginando cosas que no existen o que quisiera que existieran, pero suplica que quiere volver; sabe que aún queda un día de taller. Su madre, naturalmente, sí sabe a qué taller se refiere Kike, pero intenta parecer despistada para disuadirlo y así cumplir con el compromiso en el club ecuestre. Van a ver los caballos, y ante la insistencia del niño, luego corren hacia Playball Art Studio, donde se desarrollará el Taller “Decoro mi bolso para reutilizar”. Llegan en un momento en el que se está repasando uno de los mini-relatos escritos con anterioridad: 

El planeta Tierra está casi sumergido. Las personas se mueven en barco de velas. A lo lejos veo venir una nave pequeña con una vela azul y rota. Alguien hace movimientos con sus manos. Es Beyonce, la mujer pirata más famosa de los últimos 20 años. Las piratas han proliferado porque el crecimiento del mar derritió los polos y apareció una enzima antigua, por millones de años congelada, que permite que las madres, tras amamantar, sean más inteligentes, más resistentes y más fuertes. Estas piratas solo atacan poblaciones desiguales y discriminatorias.

No parece casualidad que la idea de decorar un bolso para reutilizar se materialice en Playball Art Studio, pues ahí radica la marca de diseño nacional Obra Gris, que trabaja con una filosofía de “cero desperdicios” y de privilegiar las fibras textiles naturales. 

Hay quienes se sientan en la alfombra, con las piernas entrecruzadas; hay quienes, de pie, rodean los racks de vestidos y las máquinas de coser, mientras escuchan una disertación sobre los tipos de textiles que existen; qué provocan los millones de toneladas de desechos de ropa al año; cuáles son las fibras naturales más utilizadas; cómo de las plantas se obtienen el algodón y el lino, la seda de un gusano y la lana producto de la esquila del pelo de algunos animales ovinos; cuál es el ciclo de los micro-plásticos provenientes de la ropa y cómo terminan en los océanos o en el agua que ingerimos. Y en este momento, algunos adultos comienzan a palpar sus camisas y blusas, con expresión de culpa o de espanto, intentando descifrar subrepticiamente si es poliéster. 

Tras la charla, la decoración de los bolsos adquiere un sentido otro; y también juegan a adivinar de qué material serán los retazos de telas que utilizan. Victoria (7 años), Alexia (9 años), Mariela (31 años), y también Kike, se muestran muy orgullosos de los bolsos reusables que han diseñado. 

Imaginar el futuro desde las diversas experiencias y saberes, incluso desde la inocencia, puede convertirse en la superación del primer escaño para planearlo, labrarlo y asumirlo con convicción.

Pensar el futuro es asimismo regresar a la esencia, a coexistir verdaderamente en comunidad, al valor de lo manual y el regodeo con fibras, tintes y piedras naturales. Imaginar el futuro sería también, de algún modo, cuestionar el presente y fomentar los valores de nuestros antepasados.

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